martes, 23 de septiembre de 2008

El diario de Rosa (Relato corto)

Doña Rosa siempre fue una mujer muy guapa y dulce, de ese tipo de mujer que llegan al corazón de quien la conoce y provoca en los hombres el deseo de casarse con ella. Doña Rosa, cuando era simplemente Rosita, conoció a un joven divertido, dicharachero, de buena familia y futuro prometedor, aunque un poco loco y exagerado de ademanes y maneras. Casaron pronto y tuvieron descendencia. Era una pareja feliz.
Pero Rosita tenía un problema: carecía de memoria.

Cómo era una mujer metódica y disciplinada, decidió escribir un diario donde iba apuntándolo todo. Al principio sólo eran recordatorios de eventos importantes, cumpleaños familiares, reglas, nacimientos, bodas, bautizos, junto con listas de compras y tareas que debía realizar. Con el tiempo, cuando llegaron las primeras crisis matrimoniales, necesitó desahogarse y comenzó a escribir sus tristezas y sobre las perrerías que le hacía Martín, su marido.

Pasaron los años y un día revisando su diario se dio cuenta de que por mucho que lo quisiera, la lista de maldades era muy superior a la de las bondades. No es que fuera un mal hombre, es que era un cabeza loca y con los años no había mejorado. Trató de hablarlo con él varias veces, pero Martín era un encantador de serpientes y tras unas horas alejada de su diario, se olvidaba de lo mal que lo había pasado.

Cuando al fin se decidió a acabar con todo aquello, tras veinticinco años de desafortunada unión, fue a buscar sus diarios donde estaban el debe y el haber de su vida en común y no los encontró. Martín, el ladino y taimado ladrón le había robado su memoria.

Martín reapareció una semana después, un lunes por la mañana, como si nada hubiera pasado.
-¿que has hecho con los recuerdos de mi vida? -le espetó en cuanto entró por la puerta-
-Los he pasado a limpio, mi amor, aquí están todos -le dijo con una gran sonrisa, enseñándole un libro gordo de folios escritos a máquina-

Ella cogió el libro y releyó su historia. Disfrutó leyendo lo feliz que había sido su vida. Al terminar, se le quedó mirando fijamente a los ojos. Se levantó del sillón donde había estado sentada, se acercó a él y le dio un sonoro bofetón, diciéndole:
-¡Desmemoriada sí, pero no gilipollas! Eres un cabrón y lo sé aunque ya no me acuerde de por qué, pero te quiero, tanto, que acepto que esta sea mi historia.

Con los años, doña Rosa cogió el hábito de releer su pasado cada cierto tiempo, algunas veces se sorprendía a si misma sonriendo de tanta felicidad.

Martín que era un cabronazo pero sin maldad, se acostumbró a escribirle todas las semanas una página que iba sustituyendo subrepticiamente por las que ella escribía. Hasta que un día se dio cuenta de que decían exactamente lo mismo. Y dejó de hacerlo.


Juan Carlos Domínguez Siemens

2 comentarios:

en zapatillas dijo...

Me ha gustado tu relato. Recuerdan en su carácter sorpresivo a J. José Millás, pero sus intenciones son menos "limpias" o inocentes, van con carga de profundidad de lobo con piel de cordero. En tu caso son historias humanas con aspiración a un mundo mejor, sin acidez. !Menuda crítica te estoy haciendo! Olvídalo y sigue con el relato corto, te va muy bien. Saludos Márian

Mónica dijo...

Me pediste que pasara por tu blog y comentara alguno de tus cuentos. Este me ha gustado muchísimo. No solo desde el punto de vista de la teoría literaria, sino por la exploración que haces del alma humana y las relaciones afectivas.
Tal vez algún día pueda editarte... si es que ya no lo estás. :)
Un abrazo desde Uruguay

Mónica