lunes 7 de diciembre de 2009

La historia de Anacleto

Hay historias que empiezan de manera peculiar y la de Anacleto es una de ellas. Nació en Tunte el día en que llegaron por radio las primeras noticias del fin de la guerra civil española en abril de 1939. Su madre siempre le dijo que había sido el meneo que le dio su padre al oír el último parte de guerra, el que había provocado el parto. El caso es que Anacleto era un niño anodino sexto hijo varón de la familia González, gente campesina y trabajadora, que sólo esperaba que creciera para que ayudara en las labores de labranza. Pero cuando cumplió seis años unos gitanos pasaron por el pueblo, Anacleto estaba con su madre en el colmado cuando una gitana vieja y arrugada se acercó a ellos. La vieja con cara de bruja le ofreció la buenaventura insistentemente, hasta que Maruja decidió darle unos centimillos que sobraron de la compra. La gitana agarró la mano del niño diciéndole a la madre que su hijo la tendría más interesante. La vieja sorprendida arrugó el entrecejo al verla y le dijo a su madre: veo a su hijo enseñando medicina, rodeado de estudiantes con batas blancas, pero eso será dentro de muchísimos años. Maruja incrédula le dio los céntimos agarró la mano de su hijo y se dirigió a la puerta, diciendo un educado gracias y adiós. Al llegar a la puerta oyó a la vieja que decía: no me cree pero yo nunca me he equivocado. Hizo como que no oía y siguió su camino. A los pocos días murió la tendera y todo el pueblo comentaba que la gitana había predicho el luto en la tienda. Maruja empezó a dudar si de verdad no tendría un futuro médico en casa y así lo habló con Bartolo su marido. Bartolo circunspecto permaneció varios días pensativo sin emitir palabra, hasta que un día le dijo a Maruja: hablé con el padre Andrés y Anacleto va a recibir educación en el seminario, si tiene que llegar a médico, ese será el mejor sitio para iniciar sus estudios, además no nos costará una perra. A la semana siguiente Maruja con los ojos llorosos despedía a Anacleto que se iba en el coche de hora hacia Las Palmas.
Pasaron los años y Anacleto no dio señales de una inteligencia que permitiese pensar que llegaría a médico. Aprobados rasos y poca brillantez en los estudios, fue la tónica general hasta que se ordenó sacerdote. Durante treinta años ejerció sin destacar en nada hasta que una enfermedad se lo llevó al otro mundo de la misma forma en la que había pasado por el, desapercibido. Sus padres habían muerto hacía años y sólo dos de sus hermanos se acercaron al cementerio de un pueblo lejano para asistir a su enterramiento. Allí yació durante años en un nicho olvidado, como tumba anónima y anodina reflejo de su vida. Y la historia hubiera acabado así, si no hubiera sido porque Graciano (un chico de la alta sociedad de la isla) y estudiante de medicina, no hubiera conocido a Mara una chica proveniente del pueblo y afincada en la gran ciudad. Un día Graciano comentó con Mara que necesitaba un esqueleto para sus clases de anatomía. Mara guiada por el ímpetu de la juventud que no repara en otra consideración que no sea su propio impulso, le dijo que en el cementerio de su pueblo había tumbas que nadie cuidaba y que al no haber guardián podían desenterrar un esqueleto. Graciano, hombre aun más impetuoso y presto a la acción que la propia Mara preparó la excursión que llevaron a cabo al día siguiente. En una noche oscura y sin luna, portando sendas linternas se colaron en el cementerio, eligieron la tumba más gris, de las pocas en las que ni nombre llevaba la lápida y tras romper la tapa del nicho, sin pestañear y arrugando la nariz por el olor de la putrefacción metieron los huesos en un saco. Graciano los llevó a la casa apartada y solitaria de su tío Claudio, allí los lavó y limpió con acido, dejando los huesos limpios y blancos. Pintó la calavera de azul y observó su obra. Anacleto tenía una sonrisa burlona. Años más tarde el estudiante de medicina se hizo médico, posteriormente comenzó a dar clases de anatomía en la universidad Complutense de Madrid y hoy en día todavía los estudiantes saludan el esqueleto de Anacleto que les sonríe mientras estudian la posición de sus huesos.
La gitana no se habia equivocado.

Juan Carlos Dominguez Siemens

jueves 26 de noviembre de 2009

Un día cualquiera…

Hoy me levanté raro, con sensación de que las cosas no funcionan como deben. Bueno… déjenme empezar por el principio. Mi nombre es Jaime, los apellidos no creo que importen. Todo empezó al salir de la cama, acto común que hago con naturalidad todas las mañanas, algunas veces despacio, apoyando los pies en el suelo y sacudiendo la cabeza para despejarme; otras veces de un salto, con la urgencia de llegar hasta el baño. Pero esta mañana… ni lo uno, ni lo otro. Cuando intenté saltar, una fuerza tiraba de mí y me mantenía atado a la cama, tuve que hacer acopio de voluntad para lograr incorporarme, saqué las piernas y tanteé buscando el suelo y… ¡no estaba!

Empezar así el día tomando conciencia de que lo más elemental en tu vida: el suelo que pisas, ya no está, es como para asustar a cualquiera. Pero soy de naturaleza valiente y antes de caer en el pánico, decidí descolgarme poco a poco hasta encontrarlo. Así lo hice y cuando colgaba del borde con los brazos extendidos, por fin mis dedos rozaron la tranquilidad de un suelo.

Apoyé el peso de mi cuerpo en las plantas de los pies y me agaché tanteando en busca de mis zapatillas que siempre están en su sitio bajo la cama, no las encontré. Decidí buscarlas a cuatro patas y cuando apoyé las rodillas, sentí unos terribles pinchazos ¡el suelo estaba lleno de clavos! ¡Dios mío! Esto tiene que ser una pesadilla, pensé mientras notaba la sangre empapando el pijama. Afortunadamente mi mano rozó un zapato que pude ponerme haciendo equilibrio en una baldosa libre. Saltando a la pata coja, sangrando y asustado me acerqué a la pared donde sabía que estaba el interruptor de la luz. Tras manosear varias veces la pared en todas las direcciones, por fin, a una altura inusitada, rocé el marco cuadrado del aplique y dando un saltito (como ya expliqué sobre el único pie calzado), logré que se hiciera la luz en la que hasta ese momento era mi archiconocida habitación. Pero… ya nada era igual, la habitación estaba inclinada, los muebles desproporcionados, el suelo lleno de agujeros, cuando no de clavos u otras trampas peores. Pero lo más grave no era eso, lo peor fue que en ese momento se despertó mi mujer, se desperezó, se levantó normalmente, me miró extrañada viendo mi cara de pánico, y salió de la habitación sorteando las trampas y obstáculos como si no fueran con ella. Volvió al cabo de un instante, yo seguía paralizado, me preguntó que si me pasaba algo y se acercó a mí ofreciéndome su ayuda. Me tragué el orgullo y me dejé ayudar. Me desnudó y me ayudó a entrar en la descomunal bañera que ocupaba ahora nuestro baño. Resbalé dentro y tuvo que agarrarme para que no me ahogara en un palmo de agua. Me ayudó a bañarme, me vistió y por fin desesperado salí a la calle a iniciar mi día, esperando que la pesadilla se quedara en casa.

Abrí la puerta y fui a buscar mi coche ¡pero que carajo es esto!, las aceras… eran de más de un metro de altura ¿me estaré volviendo loco? Mi coche… pegado a la acera… no puedo entrar… la puerta del conductor ha quedado pegada a un muro. Me descuelgo de la acera a la calzada, intento entrar por la otra, pero de repente me doy cuenta de que es demasiado pequeña y no quepo por ella. Desesperado camino por el asfalto que se va derritiendo, busco un taxi, pero pasan a mi lado y cuando me ven me miran y aceleran. Las lágrimas de la impotencia me resbalan por las mejillas, hasta que por fin uno se apiada de mí y para. Cuando voy a entrar me doy cuenta de que la puerta de entrada está en el techo y no puedo llegar, el taxista, una persona amable, me mira con pena y me ayuda a subir a la abertura, tras largas y complicadas operaciones, logra descolgarme por el techo y sentarme en el asiento de atrás. Agradecido le doy la dirección a la que me dirijo, voy al médico. Al llegar, las mismas complicadas operaciones para salir del taxi, le doy las gracias, entre lágrimas, a mi benefactor y me dirijo a la entrada del edificio de nueve plantas. Busco la placa del doctor, octava planta puerta “D”. Me dirijo al ascensor. No hay. ¡Maldita sea! La escalera… ¿Dónde está la escalera? Ah sí, al fondo en la penumbra, hacia allí me dirijo, enciendo la luz, ¡dios mío no puede ser! Los escalones… miden casi un metro de altura cada uno, acometo el intento con el primero, resbalo y caigo y caigo… y caigo…

Despierto sobresaltado, enciendo la luz de la mesilla de noche, miro mi habitación, todo está en orden, como siempre lo he visto. Mi mujer adormilada a través de dos rendijas de ojos semicerrados, me miró y me preguntó… ¿Qué te pasa? Tuve una pesadilla, le respondí. He vivido un día cualquiera de un discapacitado físico y es… ¡Es terrible!

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El Jueves día 3 de diciembre es el día internacional y europeo de las personas con discapacidad. Una sociedad como la nuestra en la que se trata de defender los derechos de las minorías, debe ser consciente de que si aún existen injusticias, que existen, una de las más lacerantes es la que se comete con los discapacitados físicos. ¿Alguien ha hecho el ejercicio alguna vez de ponerse en la situación de un discapacitado? ¿De lo que sienten cuando salen a la calle y se encuentran en una carrera de obstáculos? Es lo que he tratado de hacer con este cuento que se lo dedico a una chica que se acercó a mí tras la lectura de un cuento en el Gabinete Literario y me invitó a unirme a la marcha del día 3 de diciembre.

Juan Carlos Domínguez Siemens

miércoles 25 de noviembre de 2009

Aminatou Haidar, el Sahara, España y Canarias


El ministerio de asuntos exteriores de España, el gobierno de Zapatero y en general las autoridades españolas, deberían estar preocupadas. Mucho más preocupadas de lo que en principio incluso los más pesimistas creen que deben estar. Lo que Aminatou Haidar ha puesto en Lanzarote, es una bomba atómica de relojería.

¿Qué por qué digo esto? Para mí va a ser muy fácil de explicar, aunque para muchos, especialmente los no canarios, será muy difícil de entender.

Antes de empezar con mi explicación, quiero que entiendan que el que firma este artículo, es decir yo, no soy para nada sospechoso de independentista. Por mis venas (por parte de ambos  progenitores), corre sangre que se remonta a la conquista, lo cual quiere decir sangre de conquistadores y aborígenes; y según mi modesto entender, conviven en ellas en plena armonía. Me siento español y canario y no considero a ninguno de los dos sentimientos excluyentes del otro. Y dicho esto paso a mi explicación que espero lleve a alguien a hacer una reflexión.

Los canarios tenemos un sentido vivencial muy especial, el mismo que nos lleva a aparentar una tibieza  en nuestras reacciones que se puede llegar a confundir con la mansedumbre. Nuestra irritación frente al maltrato, dura lo que dura y no suele ser mucho. Siempre hay alguien que te recuerda… déjalo muchacho, si no merece la pena hacerse mala sangre por eso. Doctores tiene la iglesia y sociólogos el gobierno, que entre los sabios expliquen o traten de explicar por qué somos “asín”.

Yo recuerdo hace años cuando se nos cambió el protocolo de adhesión a la CEE y sin explicar demasiado bien cuales iban a ser las consecuencias se nos hizo territorio comunitario (con pequeñas especificidades eso sí); que yo luché por la opción que hoy defiende en solitario el periódico El Día: el Estado Libre Asociado. En aquella época conocí a muchos independentistas, algunos serios y otros no tanto, algunos convencidos, otros simples arribistas ante la posibilidad de un nuevo poder y otros folclóricos o resentidos contra un estado que consideraban opresor. En alguna reunión yo les decía de todos los esfuerzos que se estaban haciendo, que se desengañaran, que conducirían a la indignación, que esta se podría utilizar para hacer una gran manifestación, pero que una vez acabada, las aguas volverían mansas al río y la vida continuaría como si nada hubiera pasado. Porque los canarios dejamos que el disgusto crezca dentro de nosotros como una ola, pero el día que la ola explota (en una manifestación por ejemplo) se acabó lo que se daba. Ejemplos de lo que digo se pueden encontrar muchos en las hemerotecas.

Pero la canaria también es, o más bien por encima de todo es, empática. ¿Qué significa esto? Que nos duele el sufrimiento de los demás casi más que el propio. Es más, lo que no haríamos por defender nuestros intereses, es posible que nos mueva en defensa de los intereses de otro al que consideramos que está en condiciones de inferioridad.

Y aquí conecto con el principio del artículo, los canarios tenemos muchísima sensibilidad con el tema del Sahara. Cuando se cedieron los territorios tras la “marcha verde”, muy pocos son los canarios que olvidan que el Sahara era una provincia española y no una colonia. Lo mismo que muy pocos canarios olvidan que el rey poco tiempo antes de la entrega vino al Sahara y pronunció un discurso en el que dijo que la españolidad del Sahara era incuestionable. Muchas familias canarias tenían su vida allí y tuvieron que volver, algunas con lo puesto. En general para Canarias la entrega del Sahara a Marruecos fue una tragedia. Durante treinta y tantos años el Frente Polisario ha estado presente en Canarias, ayuntamientos de todas las islas han apoyado y le han brindado su solidaridad al pueblo saharaui. Hay organizaciones en todo el entramado social, que nos recuerdan constantemente la injusticia y el genocidio que se comete desde Marruecos, con las miradas de organismos internacionales desviadas para no verlo. Los canarios tampoco olvidamos cómo, dialécticamente, fuimos perdiendo derechos adquiridos durante siglos. El ejemplo más claro fue el banco que durante cientos de años se denominó “banco canario-sahariano”, conocido así desde antes de la conquista. Hasta qué, tras nuevas consignas, seguramente llegadas desde Madrid, pasó a denominarse “banco marroquí”. De esta manera se impedía cualquier reclamación por parte de los canarios a los derechos que teníamos sobre el mismo. Yo aún recuerdo la primera vez que se le nombró así en un telediario de la televisión nacional. La sorpresa e indignación que nos provocó a todos y que por supuesto, no causaron mella en los ordenantes del desatino.

Insisto, los canarios nos sentimos unidos al Sahara por siglos de historia, de comercio, de trabajo, por lazos familiares y por cercanía. Ahora llega esta mujer luchadora: Aminatou Haidar y nos recuerda una vez más la gran injusticia que se está cometiendo con un pueblo que si no se le quiere llamar hermano, desde luego es pariente, y muy cercano. Los canarios no podemos permitir que se siga mirando hacia otro lado mientras se siguen cometiendo las tropelías que se cometen a escasos ciento cincuenta kilómetros de nuestras costas.

España tiene que defender sus intereses, por supuesto, y no es fácil tener un vecino como Marruecos. Pero también tiene que considerar que la transición tuvo un precio, que pagaron involuntariamente los saharauis y los canarios también de rebote. España nos debe a los canarios la solución de un conflicto que nos toca de cerca, tan de cerca que la indignación frente a la injusticia que se está cebando sobre esta mujer, empieza a hacer crecer una ola que pueden aprovechar intereses espurios para hacerla estallar como una bomba atómica de consecuencias inusitadas.

Juan Carlos Domínguez Siemens

martes 24 de noviembre de 2009

José Luis San Pedro contra el impuesto revolucionario de la SGAE en las bibliotecas


Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus “clientes” éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.

Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.

Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.

Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir –eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo. Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque: a) obtiene algo a cambio b) es objeto de una sanción.

Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura? Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿Acaso dejaron de cobrar por el libro vendido? ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos?

Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura? ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra. Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.

¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO EN BIBLIOTECAS!

lunes 16 de noviembre de 2009

El Ángel de La Muerte (capítulo III)

Al cabo de tres meses naciste tú y tu madre murió. Sorprendentemente tu padre volvió a venir, tú debías tener tres o cuatro meses cuando lo hizo. Te traía en brazos a verme.

-No lo sabía, nunca me lo ha dicho-dijo un sorprendido Luis-

-lo sé, no interrumpas

Vino por dos cosas, por un lado a pedirme perdón por lo acontecido en su última visita y por otro a traerte, para que te viera. Estaba preocupado y asustado, porque decía que tú le hablabas de noche y que tu madre desde un mes antes del parto también le dijo que había tenido conversaciones contigo. Tu madre se había asustado mucho la primera vez que te oyó y se lo contó llorando. Pero después le dijo que la tranquilizabas, quince días antes de morir, de noche en la cama le contó que tú le habías dicho que se iba a morir, pero que no temiera su muerte, que tú velas por los que emprenden el camino. Que tu labor en el mundo es tranquilizar a las almas para emprender el último viaje a la eternidad, de luz y de paz.

-Pero… eso es imposible, yo no puedo haber hablado dentro del vientre de mi madre, ¡es una locura!-Luis estaba sofocado, sentía un calor enorme en el pecho y le parecía que la habitación estaba asfixiándolo-

-Respira hondo y escucha, te va a costar asimilar lo que te voy a decir, pero no te preocupes que te vamos a ayudar.

-¿”Vamos”? quienes me van a ayudar y por qué.

-Tranquilo, déjame continuar.

Cuando tu padre me contó lo de que tú hablabas desde dentro del vientre de tu madre, lo llevé conmigo a la habitación donde tiraba las cartas. Te cogí en brazos y le dije que aquel día en que se había enfadado tanto y me había agredido, había tenido una visión. Pero que a él no se la podía contar. Su obligación era cuidarte y protegerte y cuando cumplieras los treinta años enviarte a mí. También le dije que no se preocupara, que tú dejarías de hablar y que serías un niño normal, que lo olvidarías todo y no debía contarte nada de esto. Añadí que sabría el momento, porque la noche anterior soñaría y tendría la certeza de que moriría pronto. Pero que para liberar su alma tendría que llorar las penas ocultas durante años, para eso tendría que enviarte a buscar una plañidera, yo te estaría esperando. Y aquí estamos.

Luis la miraba sin saber que decir y al mismo tiempo sin atreverse a preguntar nada. El silencio se prolongó durante un minuto que pareció una eternidad. Por fin Felisa volvió a romper el silencio.

- ¿Que sentiste al ver ese cuadro? –Dijo señalando la pintura en la pared-

-Nada-dijo Luis recordando el relámpago de luz y el tremendo escalofrío-

-¡Venga hombre! No tengas miedo, yo sé lo que sentiste, ese cuadro está ahí esperándote desde hace muchos años. Llegó a mis manos al poco tiempo de que tu padre saliera contigo en brazos la última vez que lo vi. ¡Míralo bien, es Azrael!

-Azrael… -Susurró Luis, repitiéndolo para sí mismo. Sintió una vez más una oleada de luz que lo atravesaba por dentro.

-Sí, Azrael. Y no te molestes en decir que no has sentido nada al decir ese nombre, he visto la luz en tus ojos. ¿Sabes quién es Azrael?

-No. Pero esa imagen me da miedo, porque sé que tiene que ver con la muerte.

-Exactamente, eso es lo que no pude decirle a tu padre de mi visión. Tu madre tenía que morir, porque traía al mundo al arcángel Azrael, el ángel de la muerte. Por eso en todas las tiradas salía la carta de “La Muerte”, pero así como en tu madre significaba eso, en ti el significado era otro. Tú eras la muerte. Pero no te asustes, no hay nada malo en ti.

Felisa veía preocupada como Luis estaba al borde del pánico.

-Pe… pero… ¿cómo me dice que soy la muerte y después que no me preocupe, usted como estaría si esta conversación se desarrollase al revés?

-De acuerdo, bebe un poco de agua y mientras te cuento una historia. No sé si sabrás algo de las cortes celestiales y de los ángeles y arcángeles que la forman. Pero no quiero apabullarte con un montón de conocimientos que te llegarán solos. Por ahora basta que sepas cual es el lugar en el cielo de Azrael y que entiendas cual es la función que cumple a las órdenes de Dios.

El arcángel Azrael cosecha almas, al cabo de los cuarenta días de la muerte, las acoge, las calma, les quita el miedo y las acompaña en el último viaje. Tiene una lista donde va poniendo los nombres de los que nacen y va tachando los nombres de los muertos. Con un círculo negro a los que van al infierno y con luz divina a los que van al paraíso. Cuando un alma se pierde, es él (junto a su coro de ángeles), el encargado de recuperarla. Es el más poderoso de los arcángeles y el único que puede entrar en el infierno a rescatar almas depositadas allí por error. Su aspecto es diferente al de los demás arcángeles, sus alas son oscuras y sus ojos de un negro tan intenso que reflejan un cielo sin estrellas. Los propios arcángeles huyen de miedo cuando abre sus alas. Pero es el desempeño de su misión lo que le ha dado ese aspecto. Nadie, ni en cielo ni tierra, ni infierno, ha visto lo que ha tenido que ver el arcángel Azrael. En su lucha por recuperar almas humanas ha tenido que enfrentarse con el mismísimo Lucifer y ha ganado la batalla para Dios. Antes de dejar un alma martirizada en el infierno, la destruye. Y otra de las labores que acomete, es decidir que alma necesita aún purificarse y permitir que reencarne o que quede en el eterno olvido. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

Luis hacía rato que había dejado de escuchar, estaba luchando como un poseso por arrancarse a sí mismo de aquella habitación que le estaba llenando de oscuridad. Alejarse de aquella loca que le estaba diciendo disparates y volver a su vida tranquila en el periódico y sus libros. El dolor y el fuego en su pecho iban haciéndose cada vez más insoportables. Los oídos empezaron a zumbarle, se le nubló la visión, pensó que iba a desmayarse, aspiró aire ruidosamente y se levantó asustado a punto de perder la consciencia.

Felisa se levantó también y sacándose el colgante se lo puso frente a los ojos. Luis lo vio entre brumas sin poder respirar, fijó la vista en los ojos rojos del colgante y se sintió atrapado por ellos. Brillaban como dos focos y lo guiaban al interior. Felisa le dijo que no se preocupara que se dejara llevar por ellos. Tras unos últimos segundos de lucha, se rindió a aquellos ojos que lo inundaron todo de su color carmesí y perdió la consciencia.

….

Cuando abrió los ojos tuvo que parpadear varias veces hasta acostumbrarse a la luz cegadora que lo inundaba todo. Una voz en su cabeza le dijo en un susurro. “Nada es como es sino como quieres verlo, míralo como quieras”. Las palabras resonaron en su interior, al principio no captó su significado, pero al cabo de unos minutos decidió ver. “Quiso ver” y vio.

Estaba en una inmensa planicie en la cima de una montaña, debajo de él, las nubes blancas de algodón se perdían en el horizonte en cualquier dirección. Sobre él, un cielo de luz intensa, que al parecer controlaba ahora con su voluntad, pues era consciente de que debería quemarle los ojos y sin embargo su vista se expandía en la luz hasta el infinito. Sintió sus pies sobre una superficie lisa y acristalada, sin color ni textura ni temperatura. Toda la superficie era neutra, de alguna forma sabía que era irreal, que para llegar dónde tenía que ir tendría que cambiar aquella lisa superficie.

Comenzó por un cambio ligero. Tierra bajo sus pies, así lo quiso y así fue. Luego añadió césped y árboles frutales y poco a poco fue recordando el camino del cielo. Al fondo ya pudo divisar El Palacio de Dios, enseguida llegarían los primeros ángeles a recibirlo. Se miró, se dio cuenta de que su imagen humana allí no era la adecuada. Y se transformó, sintió crecer sus alas de cuervo, aumentó su tamaño varias veces, sus ojos se oscurecieron hasta el negro de la noche más oscura. Mirando al infinito abrió sus alas y se rio con su voz de trueno. Los ángeles que venían a su encuentro huyeron despavoridos. Sólo Miguel y Gabriel siguieron avanzando hacia él sin inmutarse.

-Ya estás montando tus numeritos como siempre Azrael, se acabaron los años de paz según parece.-Gabriel dijo esto en tono sarcástico, que se le daba muy bien, Miguel, alerta a su lado esperaba un encontronazo-

-¡Vaya Gabriel! Tenía esperanzas de que treinta años te hubiesen cambiado, pero veo que sigues siendo el mismo pendenciero, busca pleitos y provocador de siempre. Hola Miguel, relájate que vengo en son de paz.

Ni un solo rasgo de la personalidad de Luis quedaba ya en el poderoso Azrael, temido por ángeles y demonios, con más poder que cualquiera de los otros arcángeles del cielo.

Como humano era un buen hombre, un tanto triste y bastante tímido. Dado a ayudar a los demás y con un enorme sentido de culpa. Esto le llevaba a que todos abusaran de él pidiéndole favores que se desvivía por cumplir.

Ahora era el poderoso Arcángel de la muerte, su coro de ángeles fue llegando, volaban con sus alas extendidas y se posaban tras él, no le hizo falta volverse para saberlo. Sabía perfectamente el panorama que tenía tras de sí. Millones de alados guerreros, oscurecidos por sus infinitas batallas contra los demonios en pos de rescates de almas salvables. Todos caminando en silencio con las alas plegadas, mientras otros seguían llegando por el cielo volando cada vez más bajo. Conocía perfectamente el ritual que se repetía desde la eternidad, hasta donde su memoria podía extenderse.

Cada trece mil años, tenían esta reunión, siempre mientras Azrael estaba encarnado en la tierra. Todos los ángeles venían a rendirle pleitesía al Creador y a renovarle sus votos de fidelidad.

Mientras caminaba a postrarse frente a Su Trono, Azrael recordó cómo hacía mil reuniones aprovechó Lucifer para enfrentarse a Dios, la memoria de aquella grandiosa batalla en la que fueron expulsados a la Nada, aún le producía adrenalina, si es que algo tan humano como eso, puede definir la exaltación de la gloria. Fue la última vez que luchó mano a mano con los otros Arcángeles, a las órdenes de Miguel, jefe supremo de los guerreros de Dios. Después de eso, la misión que le encargó El Supremo Hacedor, hizo que su aspecto cambiara, sus alas se volvieron negras y los que fueron sus amigos lo rechazaron, aunque sabía que era por miedo.

Cuando llegaron a los pies del trono, Rafael y Uriel los estaban esperando, los cinco, al frente de los millones y millones de ángeles que les seguían se postraron frente al Dios supremo. Que desde su trono miraba complacido. Dios hizo la señal, y miles de millones de voces al unísono cantaron la loa al Creador de todos los universos conocidos y por conocer, al creador de cielos y tierras, infiernos, vacíos y nadas. Pues todo había sido creado por Él.

Querubines y serafines con sus voces más altas, ángeles y arcángeles con las suyas aflautadas y Azrael y los suyos que con sus voces de trueno, daban el contrapunto al canto celestial. Dios entró en éxtasis, le encantaba este día, sentía cada una de las miles de millones de voces como una sola, pero al mismo tiempo sentía la individualidad en cada una de ellas. La vista que se le ofrecía era digna de Él, la miríada de ángeles se extendía hasta el infinito, todos con su cegadora luz blanca, salvo la masa de alas oscuras que se abría paso en centro. Las tropas de Azrael, que parecían una isla de color gris en medio del mar blanco.

Él correspondía al canto, tocando el centro de cada voz para renovar su alianza con cada uno de sus seres amados. Dejó para el final a Azrael y los suyos, sabía que ellos merecían un trato especial, entró en cada uno de ellos, les limpió del dolor y el sufrimiento de los últimos trece mil años y con una caricia especial de Amor, como solo Él sabe hacer, les hizo sentirse a cada uno el ser más amado de la creación. Era su agradecimiento por los millones de almas rescatadas y devueltas al cielo, su cosecha año tras año.

Por último, le tocó el turno a Azrael, con un gesto hizo que los cantos cesaran, le pidió que se levantara y bajando de su trono se acercó a él. Se fundió en un abrazo y le limpió el alma de una manera especial. “Mi hijo más querido” le dijo al oído sin palabras, con un soplo divino, Azrael, se deshizo en llanto de gracia y agradecimiento. Cuando Dios dio por terminada la reunión, todas las alas eran blancas y los ojos tanto de Azrael como de toda su tropa se habían vuelto azules.

Cada uno encontró lo que venía a buscar y todos se encontraron con Él. Mientras el cielo se llenaba de cantos de alegría y resurrección y de alados seres hasta donde la vista se perdía, Dios hizo un gesto a sus lugartenientes para que le siguieran a su palacio. Allí se dirigieron Miguel, Gabriel, Rafael, Uriel Y Azrael.

-Hola Azrael, ¿Qué tal las vacaciones?-Preguntó Dios con una sonrisa-

-Pues por ahora bien, ya sabes, inmerso en mi vida humana, con todo lo que ello significa, de bueno y de malo.

-Lo sé, pero sabes que es necesario que lo hagas, tienes que vivirlo cada trece mil años para saber sufrir como humano, eso te ayuda a respetar sus almas y a que luches con mas ahínco si cabe por salvarlas.

- Sí, se que ese es el trato que hice contigo y lo cumplo, siempre lo haré, lo sabes.

-Sí, eso también lo sé, por eso te elegí a ti entre todos para esa misión.

Este tipo de diálogos entre Azrael y Dios habían dejado de sentar mal a Miguel y Gabriel. Aunque al principio no podían remediar tener un punto de envidia, hacía eones que habían aprendido a valorar la misión de Azrael. Comprendían que era justo, que si ellos estaban siempre al lado del Creador, como su guardia personal, cada trece mil años el protagonista de aquellas reuniones fuera Azrael que vivía inmerso en la oscuridad y que solo adoptaba su forma de arcángel de luz, ese día.

Esta reunión era la última parte del ritual de aquél día, ahora todos rodearon a Dios y se fundieron en el “Abrazo de Renovación”…

 

Continuará…

El Ángel de La Muerte (Capítulo II)

Al entrar en la casa se sorprendió, no esperaba ver una casa ricamente decorada con obras de arte, cuadros, esculturas, muebles de diseño, todo de un gusto exquisito. Manolo lo guió a una estancia más pequeña, cuyos únicos muebles eran una mesa redonda de madera de tres patas, sobre la cual, había una lámpara antigua de cristal azul y plafón en forma de champiñón. La mesa estaba cubierta por un mantel negro, sobre ella se veían dos mazos de cartas del Tarot, uno de Marsella y el otro, un antiguo y manoseado Tarot Ryder. Además había una libreta de argollas color verde y dos bolígrafos PILOT uno negro y otro rojo más un cenicero de cristal azul en forma de caracola, que hacía juego con la lámpara. Por último, lo que imaginó una bola de cristal tapada por un paño de seda blanco, completaban los enseres sobre la mesa. Cinco sillas de madera labrada, alrededor de la mesa, completaban el mobiliario de la habitación. Las paredes estaban desnudas, salvo por un inquietante y tétrico cuadro de metro y medio de alto por uno de ancho, con una escena de “Azrael”, el ángel de la muerte, abriendo las alas en medio de los muertos en una batalla. Al verlo sintió un estremecimiento y como un relámpago que entrara dentro de él, recorriendo e iluminando cada rincón de su alma, se dejó caer en una silla mareado.

Sentado, inquieto, con el corazón en un puño y sintiendo hormigueos en el estómago, Luis decidió esperar por Felisa, en vez de echarse a correr tal y como le pedía el cuerpo.

Tras un largo rato de espera nerviosa apareció por la puerta una mujer grande, morena de ojos negros grandes y rasgados, pelo azabache a media melena, de figura generosa y amplias proporciones. Iba quizás maquillada en exceso para la hora que era, el carmín rojo daba volumen a sus labios voluptuosos y las pestañas eran como abanicos de rímel. Su nariz recta estilo Cleopatra, unido a su túnica negra con bordados dorados, sus grandes aretes y cadena de oro, de la que pendía un gran medallón con la misma figura de la aldaba, pero con los ojos de rubíes; le daban un aspecto de sacerdotisa egipcia, que Luis sospechó era justo lo que pretendía. Si a todo esto le añadimos su metro ochenta de altura, la hacían una mujer sencillamente impresionante.

Estaba parada en el dintel de la puerta mientras la observaba, sus ojos chispeantes lo miraba fijamente, como para fundirlo o quemarlo.

-Entonces tú eres el hijo de Pancracio, sólo él es capaz de mandarte a verme justo cuando tengo un ataque de almorranas. ¡Será cabrón el tío! Genio y figura hasta la sepultura.

Mientras decía esto se acercó a la mesa y sin hacer el más mínimo ademán de saludo, apartó una silla para sentarse frente a Luis. Inmediatamente soltó un grito.

-¡¡MANOLOOOOOO TRAEME EL COJÍN COÑO!!

Manolo apareció por la puerta corriendo y le puso el cojín en forma de flotador en la silla, sin decir ni una palabra desapareció corriendo como había venido. Felisa, se sentó suspirando, cerró los ojos, aspiró profundamente tres bocanadas de aire, quitó el trapo de seda que cubría la bola de cristal y la limpió, finalmente, con la mirada dulcificada por la relajación y el trance, comenzó a hablar.

-O sea, tú eres el hijo menor de Pancracio, si estás aquí es porque ya cumpliste los treinta años ¿no es cierto?

-Sí, pero no estoy aquí por eso, mi padre se ha empeñado en que se va a morir y me mandó a buscar una plañidera, me dijo que usted me la proporcionaría.

-Ya, pero una cosa tiene que ver con la otra. Hace poco más de treinta años tu padre vino a verme, tu madre estaba embarazada y quería saber de ti, como antes había venido cuando iban a nacer tus hermanos. Estaba acostumbrado a dirigir sus pasos utilizándome de Oráculo, su primer hijo iba a ser médico, así se lo dije entonces. Su segundo hijo tendría que dirigir sus pasos por la carrera jurídica y así fue. Tu venías rezagado y aunque años antes le dije que vendría un tercero no quiso creerme, me dijo que estaba ya muy mayor para niños. Por eso a pesar de que su última visita había sido quince años antes, volvió a venir a verme. Aquel fue un día triste, glorioso y trágico al mismo tiempo, pues los acontecimientos que le relaté no le gustaron nada, porque no fue capaz de aceptar los designios de Dios.

-¿Qué le dijo? –Preguntó Luis asombrado por esta afición a brujas que no conocía de su padre-

-Es una larga historia, que tiene que ver contigo y con quien eres en realidad. Para empezar te voy a decir algo, la única persona a la que hubiera recibido hoy es a ti, pero no por tu padre sino por ti mismo. Por quien eres, a pesar de que tú no lo sabes aún.

-¿Qué quiere decir con “por quién soy” y como es eso de que no lo sé? Se perfectamente quien soy, Luis Aldeano Buenafuente, hijo de Pancracio Aldeano y Marta Buenafuente. De profesión periodista y escritor. Y ya está.

-Jajaja. ¿Es eso lo que tú crees? ¿Que ya está y nada más? Pues te equivocas, pero para eso te vas a quedar sentadito ahí y vas a escuchar la historia de lo que ocurrió en la visita que me hizo tu padre, tres meses antes de que tú nacieras. ¿Quieres que te traiga agua? –le preguntó al verlo blanco como el papel-

-Sí, por favor.-dijo Luis sintiéndose descompuesto, intuyendo que la historia que se iba a revelar en aquella habitación iba a cambiar su vida-

Felisa llamó nuevamente a Manolo y cuando vino le pidió que trajera agua y té helado, además de unos frutos secos. Cuando trajo la bandeja y una vez dispuestas las dos jarras y los cuencos sobre la mesa, comenzó su relato.

Cómo ya te dije, hace poco más de treinta años tu padre vino a verme, por entonces yo vivía en una casa en el pueblo y sólo recibía a unos pocos amigos, casi todos conocidos de la época en que era puta en la “Casa la Sole” en la calle Andamana de Las Palmas. Sí, no me mires con esa cara de susto, yo era puta y así conocí a tu padre. Y aunque te parezca mentira, no siempre venían por carne, yo me hice famosa dentro de la casa porque podía adivinar el futuro y al final me retiré de la prostitución para dedicarme a la que era mi verdadera vocación. Aunque aquí entre nosotros, de vez en cuando echo de menos aquella vida. Pero eso es otra historia.

A lo que iba, tu padre vino a que le echara las cartas una noche, estaba preocupado, se pensaban que tu madre que ya tenía cuarenta y ocho años, tenía la menopausia y resultó estar embarazada. Recordó que años atrás yo le había dicho que vendría un tercer hijo y decidió venir a verme. Desde el momento en que entró por la puerta sentí un latigazo de luz acompañado de un fuerte escalofrío que me recorrió la espalda. Aunque a mi me suelen pasar cosas de estas, aquella vez fue muy superior a lo normal, tanto que me desmayé y tuve una visión. La visión duró mucho tiempo, pero en la realidad debió ser unos segundos pues nadie se dio cuenta de lo que había pasado, ni tu padre que estaba hablando conmigo.

La verdad es que ya sabía toda la historia que tenía que contarle, pero lo llevé a la mesa para tirarle el tarot, era una forma de parapetarme para irle diciendo, no todo, pero si una parte de lo que había visto. Al cortar las cartas, se cayó sobre la mesa la carta de “La Muerte”, tu padre dio un respingo y empezó a sudar copiosamente. Normalmente yo lo hubiera tranquilizado, diciéndole que “La Muerte” en el tarot, tiene más el sentido de la transformación que de muerte pura y dura. Pero en este caso, no pude hacerlo, es lo que había visto. Recogí las cartas y le dije que cortara primero por tu madre y volvió a salir “La Muerte” como primera carta, acompañada por “La Templanza” en un lado y “Los Amantes” al otro, sobre ellos “El Juicio final” debajo de ellos “El Sol” acompañado por “el Mago”. Daba igual la interpretación que se le pudiera dar, yo, ya la había visto.

Tuve que decírselo, tu madre moriría en el parto, la pareja de amantes se iba a romper para siempre. Pero había cosas más importantes, esas eran las noticias tristes y lo que yo sentí fue la gloria de la venida, llegabas Tú.

Luis la miraba, sin saber qué decir ni qué pensar sobre lo que le estaba contando aquella mujer. Lo único que podía era rememorar todo su sentimiento de culpa que le había acompañado durante toda su vida, sabiéndose autor de la muerte de su madre. Su padre y sus hermanos no habían sido en eso muy generosos con él y siempre hubo una mirada, una acusación directa o un velado reproche en su comunicación. Ahora, estaba viendo a través de los ojos de Felisa, como se había enterado su padre de lo que iba a ocurrir y se apenó por él.

-Sí, vine yo. Pero mejor hubiera sido no haber venido, le hubiese ahorrado la muerte a mi madre y el sufrimiento a mi padre y mis hermanos. Hubiera sido preferible no haber nacido, haber dado mi vida a cambio de la de ella. -Dijo triste.-

-Te equivocas, en el cielo no la hubieran aceptado. Tú eres un ser especial que viene con una misión muy específica. Pero déjame terminarte de contar la historia y no adelantemos acontecimientos.

Cuando le conté esto, tu padre estaba desencajado y loco de dolor, me decía una y otra vez que no podía ser, que tenía que estar equivocada. Me obligó a tirarle las cartas tres veces y en las tres, salió la misma configuración con “La Muerte” en el centro. Fuera de sí tu padre lloraba y gritaba imprecaciones al cielo. Yo trataba de consolarlo infructuosamente e hice algo que nunca hace una vidente, me senté a su lado y lo abracé. Al hacerlo, volví a tener la misma visión que cuando entró y tu nombre resonó como un trueno que me sacudió por dentro. Sin quererlo exclamé ¡Dios mío, no! Él se volvió hacia mí preguntándome ¿aún hay más? Yo volví temblando a mi silla y le dije que tenía que volver a cortar, esta vez por el niño no nacido aún. Así lo hizo con manos temblorosas, esta vez sólo puse tres cartas boca abajo, pero sabía cuáles iban a ser antes de voltearlas: en el centro, “La Muerte” a la izquierda, “La Templanza” a la derecha “El Juicio Final”. Tu padre terminó de derrumbarse pensando que tú también morirías, sin saber lo grandioso y sobrecogedor que indicaban aquellas cartas.

-¿Y qué significan? -Preguntó Luis emocionado y asustado por la narración-

-En realidad, nada o todo, las cartas siempre cuentan una historia, pero la historia depende de a quien se las estés echando. En tu caso, significaba todo, pero déjame terminar primero con el relato y después te cuento sobre lo que eres y significas.

Esta vez sí que tranquilicé a tu padre, le dije que no, que no te ibas a morir, que seguirías vivo cuando él estuviera muerto. Pero tu padre ya no quería saber nada más y loco de rabia se levantó, tiró las cartas del tarot al suelo diciendo que aquellas cartas eran una mierda y que no servían para nada. Acto seguido se abalanzo sobre mí y me dio un puñetazo, gritándome que era una bruja loca y que me iba a matar. Menos mal que Manolo estaba allí para protegerme y lo sacó de la casa.

Luis no vio como aquel enano de metro veinte pudo sacar a su padre un hombretón de metro ochenta y cinco de la casa, pero se lo calló. Aunque encontró repulsiva la imagen de su padre pegándole a aquella mujer.

-Lo siento-dijo-no pensé que mi padre hubiera pegado jamás a una mujer.

-No te preocupes, eso está más que perdonado y olvidado. Sigue escuchando la historia. Sabrás por qué estás aquí hoy.

 

… Continuará

El Ángel de La Muerte (Capítulo I)

Muchos de ustedes han leído un relato corto mío que se titula: Don Pancracio y La Muerte. Ese relato en realidad forma parte de un relato muchísimo más largo, que es la historia de Luis, el hijo de Don Pancracio que va a Tunte a buscar la plañidera y allí se encuentra con el secreto oculto de su vida, que lo lleva a entender toda su historia. Bueno... no me quiero extender con largas explicaciones, el relato de Don Pancracio, termina con Luis y el sentados en el sofá cogidos de la mano y Don Pancracio muerto con una sonrisa en los labios. Quiero hoy empezar a publicarles la historia de Luís, que es realmente el personaje importante en esta historia y ya descubrirán por qué. Lo publicaré por capítulos para facilitar la lectura y empezaré justo en el momento en que Luís decide ir a a buscar la plañidera que pide su padre.
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Luisito resignado le preguntó a su padre que donde podría encontrar esa plañidera y D. Pancracio le respondió que preguntara en Tunte por Felisa, la vidente, que ella le indicaría donde encontrarla.
Luis salió de la casa de su padre con el convencimiento de que abusaban de él, pero sin emitir ni una queja. Treinta años de la misma historia lo tenían entrenado. Subió al coche compungido, más por la preocupación que le causaron las palabras de su padre, que por tener que ir al sur a buscar una plañidera. En el fondo la idea le resultaba atractiva a su mente de escritor.
Tardó una hora y media en subir hasta Tunte, el día era magnífico, se recreó en las maravillosas vistas sobre las montañas del sur este de Gran Canaria. La suave temperatura unida a la ligera brisa de norte, hacían de aquel paseo una delicia, le impresionó la intensidad del azul del cielo. Paró a la entrada del pueblo, en el primer bar que encontró. Por experiencia sabía que si uno busca algo en un pueblo hay que pasar por el bar, punto central de información.
Eran las once de la mañana cuando apartó la cortinilla hecha de cadenas que parecían de wáter y traspasó el umbral de aquel bar en semipenumbra, con olor a queso de cabra y carajacas. Tres parroquianos con sus cachuchas negras echadas ligeramente hacia atrás compartían un ron miel en silencio. El dueño, tras el mostrador, se afanaba espantando las moscas del gran queso que estaba cortando.
-Buenos días a todos
-Buenos días –respondieron al unísono, aunque sonó algo así como, “nsías”.-
-¿Tiene café? –Preguntó dirigiéndose a un alto taburete frente a la barra, cuando el barman asintió, pidió un cortado y se sentó. Apoyó los brazos en el mostrador e inmediatamente los retiró un poco asqueado por el pringue pegajoso en que se había convertido la superficie.-
-Perdonen que los moleste, ¿por casualidad conocen a Felisa la vidente?-lo dijo en voz alta para que lo oyeran todos, lo que no esperaba es que los tres parroquianos reaccionaran quitándose los gorros y persignándose, lo mismo que el barman-
-¿Para que la busca?- preguntó el hombre de detrás de la barra-
- Tengo que verla por un encargo
- Hoy no es buen día para verla
- Es que no puedo esperar
-Bueno… pero después no diga que no le advertimos. Siga usted calle arriba por la carretera y cuando salga del pueblo dirección a la cumbre, a unos cien metros encontrará un cartel a mano derecha, seguramente le será fácil de reconocer porque siempre hay un cuervo cojo posado sobre él. Entre por ahí y a unos cincuenta metros encontrará la casa.
- Muchas gracias, ¿cuánto le debo?
- Nada, no se preocupe, a la vuelta, si puede, párese por aquí. Le daremos algo para reponerse.-Los cuatro se miraron y los parroquianos volvieron a quitarse la cachucha, esta vez para ponerla en el pecho y volver los ojos al cielo, en un gesto silencioso.
Luis incómodo salió del bar, entró en su coche y continuó el camino carretera arriba atravesando el pueblo.
Efectivamente a unos cien metros de acabar éste había un cartel, con un cuervo al que le faltaba una pata, encima. “Casa Mía - propiedad privada - prohibido el paso” Joder con la vidente, pensó, a ésta no le gustan las visitas. Una cadena cerraba el paso a los vehículos, con lo que dejó el coche en la cuneta un poco más adelante y subió caminando. A los pocos metros llegó a un recodo en el camino y divisó la casa, una coqueta casa canaria blanca con tejado de teja y una buganvilla que caía en cascada cubriendo el patio exterior y se derramaba por los muros de la casa. El patio de piedra gris tenía una fuente en el centro donde bebían y se bañaban varios pájaros en diferentes tonos de amarillo. Un banco de la misma piedra gris adosado al muro, con gárgolas en sus extremos a modo de apoyabrazos recorría prácticamente todo su perímetro. La mesa también labrada en piedra, con diversos maceteros llenos de abundantes flores de mil colores, que hacían juego con las de los parterres.
La entrada de la casa era una gran puerta de madera con goznes de hierro negro y una enorme aldaba en forma de ángel en bronce con las alas negras extendidas y los ojos de un extraño color rojo. Hacía un contraste interesante aquel patio lleno de vida con una entrada tan tétrica. La casa estaba en silencio, Luis se acercó a la puerta y no sin cierta aprensión agarró la figura y dio tres aldabonazos que retumbaron contra la puerta, un escalofrío le subió por la espalda desde el mismo momento que tocó aquel ángel oscuro. Esperó un par de minutos hasta que de dentro se oyó el grito de una voz femenina e histérica ¡Manolo, abre la puerta de una puñetera vez, coño! Acto seguido un ruido metálico de cerradura al abrirse, goznes chirriando por falta de aceite y la puerta que poco a poco se abre, hasta que una cabeza asoma cuarenta centímetros por debajo de donde la esperaba.
- ¿Sí, qué desea? - Dijo con voz profunda Un mini hombre de un metro veinte escasos.-
- Vengo a ver a Felisa la vidente, me dijeron en el bar que vive aquí.
El grito histérico anterior, volvió a resonar otra vez pero más agudo y potente sin la cortapisa de la gruesa puerta de madera. ¡MANOLO QUIEN COÑO ES A ESTAS HORAS, DILE QUE SE VAYA AHORA MISMO! Manolo hizo un gesto como de… “ya lo oye usted”.
- Verá, es que es un encargo de mi padre, me pidió que viniera a ver a Felisa para que me consiguiera una plañidera, la verdad es que no quiero molestarla, pero es que mi padre insistió.
-¿Cómo se llama su padre?
-Pancracio
-¡Hijo de puta! y ¿lo mandó a usted?
-Sí
-Espérese un momento aquí entonces.
Mientras decía esto le cerraba las puertas en las narices y desaparecía dentro de la casa. Esperó quince minutos en los que le dio tiempo de contar las baldosas de piedra del patio, de ver los rituales del baño de los pájaros y de espantar unas cuantas moscas obsesivas empeñadas en posarse en su sudorosa frente. Al cabo de ese tiempo, se oyó de nuevo el chirriar de goznes y se abrió de nuevo la puerta, aunque esta vez de par en par. Manolo le hizo un gesto con la cabeza para que pasase.
...continuará