viernes, 9 de mayo de 2008

MI ABUELA ANGELINA


Hace tres o cuatro años, cuando empecé con mis pinitos de escritor aficionado y garrapateaba frases sin demasiada brillantez, le daba a mi abuela mis escritos para que los leyera. Ella la verdad es que nunca me los criticó demasiado, a pesar de sus evidentes faltas de sintaxis y fallos gramaticales.
Ahora interpreto que con aquello me animaba a escribir, lo mismo que cuando era niño me animaba a leer, sin importarle demasiado lo que leyera, pues lo esencial era descubrir la magia de las letras, las historias y los libros. Al igual que entonces, ahora, cuando le presentaba mis escritos, lo importante para ella, no era que fuesen buenos, sino que tuviese el impulso creativo para hacerlos.
Una vez, sentado en el sofá de su casa le dije, algún día voy a escribir una novela. Me miró y me preguntó que de que iba a tratar. Le respondí: se va a llamar “El Portavoz de los Muertos” y creo que será sobre un hombre que un día descubre que puede interpretar la vida de los muertos y escribe sus historias para ayudar a que los que se quedan puedan liberarse. No ve fantasmas, pero sin embargo puede sentirlos y se comunica con ellos a través de su corazón y le transmiten sus sentimientos.
En aquel momento no fui consciente de que yo haría de portavoz de su propia historia.

De mi abuela podría decir muchas cosas, ella era una enciclopedia andante, se le podía preguntar de cualquier cosa, pues prácticamente sabía de todo. Devoraba libros desde pequeña y su curiosidad innata le llevaba por todos los ámbitos del conocimiento humano. Leyó a los filósofos, los clásicos, los grandes de la literatura universal. Le encantaba leer teatro y los autores de humor, como PGWoodehouse o Enrique jardiel Poncela. Leía en francés, italiano y portugués sin haber tomado lecciones. Los aprendió por ansias de conocimiento, porque los libros en la biblioteca de su abuelo Agustín Millares,Patatín para la familia, estaban escritos en esas lenguas. Se inventó un sistema de lectura rápida para poder devorar los libros más deprisa.
Era una apasionada de la física, del cosmos, del funcionamiento del universo. Con ella podías hablar de la teoría de relatividad y de las matemáticas del caos, del principio de incertidumbre de Heisenberg o de cualquier cosa que se hubiera ido descubriendo en el mundo científico.
También era una enamorada de la música en general y de la ópera en particular, afición que le transmitió a todos sus hijos, especialmente al tío Bubi.

Pero mi abuela, la Angelina que yo conocí por dentro y la que me interesa, era otra persona.

Una noche, cuando era una niña, se acostó a dormir, esperando tener nuevas acerca de su padre, militar de carrera como su abuelo. La noticia que le llevaron fue la de su trágica muerte en una emboscada. Sucedió en un desfiladero en Marruecos durante la guerra de El Rif. El dolor por su padre muerto a manos de los moros, las noches de llanto y los sueños rotos, le robaron la felicidad de su niñez. En su cabecita de niña, no comprendía cómo podía ser posible aquello, pues su padre le prometió al marchar que volvería con un gran regalo. Pero su padre nunca regresó a tomarla en sus brazos, ni a mecerla en su regazo.

Nunca volverían los paseos en la carroza del Capitán General, su abuelo, por las calles de Santa Cruz. No volvería a saludar con la manita enguantada y su vestidito blanco de encajes a la gente que se agolpaba para verlos pasar. Aquella noticia le arrancó los sueños de princesa y la herida desgarrada de su corazón dolorido iban a conformar el resto de su vida.

Pero en esta vida todo se aprende, también a protegerse de lo que duele. Angelina creció con disciplina, aprendió a controlar sus emociones y se refugió en los libros y la música para crearse un mundo perfecto. Un mundo limpio blanco e impoluto que no se vería jamás teñido de lágrimas. Ya había derramado demasiadas añorando a su padre y se preparó para vivir. Su inteligencia superior y autocontrol le daban una aureola de mujer de hielo inalcanzable para el común de los mortales.

Pero llegó el alemán. Guapo, alto y rubio y fundió el hielo de su coraza incendiándole el corazón bajo el sol de Las canteras. Hacían una pareja perfecta. Hicieron un pacto de sangre para consentir con la boda, él puso la condición de que tendría que aprender alemán, Angelina le hizo jurar que no la abandonaría nunca, ni se moriría antes que ella. Los dos cumplieron su palabra, ella dominaba la lengua Goethe a la perfección, él… aún no sabe que ha muerto, seguramente cuando se entere en un rapto de lucidez arrancado a sus más de cien años, la seguirá para acompañarla en su viaje al otro mundo.

Se casaron, vinieron los hijos y las guerras, siempre encontraron refugio en el amor, la lealtad y la disciplina para protegerse de los malos momentos. Primero vino Carlos, después mi madre, Ani con la Guerra Civil empezada, más tarde Bubi terminando La segunda guerra mundial y finalmente Mákeles con la guerra fría.

Posteriormente llegamos los nietos y aprendimos a usar las huesudas rodillas de la abuela como el trono más deseado de la casa. Allí en Ciudad Jardín, en la calle de Camilo Saint Saëns, conviví con mis abuelos durante algunas temporadas. La época más feliz de mi vida y un autentico refugio durante mi niñez. La casa funcionaba como una máquina perfecta. La semana siempre estaba organizada y las tareas se llevaban a cabo con una precisión de reloj suizo. Mi abuelo desayunaba todos los días a la misma hora, se encontraba la mesa puesta y todo preparado, exactamente igual cada mañana. Salía y entraba puntualmente en el mismo minuto de la misma hora, de aquel día que se repetía sin cesar.

Bueno… no, aparentemente sólo, la realidad es que cada día era distinto, pero las obligaciones y las tareas tediosas de la casa sí eran las mismas y esas sí que se hacían con horario militar. Lo mismo que desayunos, almuerzos y cenas. No sé si alguna vez, yo personalmente lo dudo, mi abuelo se encontró con la mesa sin poner a su llegada, o la comida sin hacer. Si hubo ese día, debió ser una tragedia familiar. Pero las tardes eran el reinado de mi abuela. Las visitas a casa de las primas Millares con merienda y largas tertulias, o en casa de Lola de la torre, donde yo me quedaba en un rincón escuchando el piano y las clases de canto. Las salidas con su madre o con su hija, etc. Pero eso sí, todos los días a la misma hora estaba en casa para que la cena estuviera preparada en el orden perfecto y consuetudinario.

Mi abuela nunca se aburría siempre encontraba una actividad, cuando no estaba leyendo, por ejemplo tenían en el sótano de la casa una biblioteca con estantes de libros hasta el techo, había hecho un fichero temático con la ubicación de cada uno. Yo me sentaba con ella porque no me creía que pudiera ser verdad que en aquellas fichas estuviera todo y le preguntaba y ella me explicaba como los tenía divididos.

Pero Angelina tenía su vida estructurada de una forma sistemática, yo aprendí a entenderla perfectamente, yo respetaba su espacio y me adaptaba a las normas de la casa. Aprendí a hacerme invisible cuando sabía que podía molestar. En el fondo yo creo que era como gato y como éstos yo adopté a mis abuelos, les daba cariño y ellos me daban un orden perfecto en el que desarrollar mi fantasía y mi imaginación.

Una de las cosas que más le dolió a mi abuela fue tener que dejar de tocar el piano, pues la artritis se cebó con sus manos y dejó de poder mover los dedos con soltura. Pero lo suplió viviendo el entusiasmo de Bubi con su música.

Los años pasaron y la vida le puso dos pruebas muy difíciles de superar, primero la muerte de su nieto Jorge, mi hermano y diez años más tarde la de su hija Ana, mi madre. Pero mi abuela desde pequeña se había hecho sus corazas para el dolor y su auto control y disciplina la ayudaron a superarlo. O al menos a mantenerlo en la periferia de su vida para que le afectase lo menos posible. Porque mi abuela, Angelina, no mostraba exteriormente esas emociones.

Ahora por fin, descansa en paz, tras unos meses viviendo en el dolor acumulado, por fin volvió la carroza de su abuelo a buscarla y en ella venía su padre que le pudo dar el abrazo tanto tiempo esperado. Seguramente estará con su nieto Jorge y su hija Ana dando un paseo por las ramblas del paraíso, esperando la llegada del único amor de su vida, mi abuelo Lothar.

En memoria de mi abuela Angelina Hernández Millares, a la que entendí en la misma medida en que la amé.
Juan Carlos Domínguez Siemens

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Que hermoso. No la conocía de nada, pero con tu relato nos la has acercado a todos, y su historia no morirá.
No he podido hablar contigo, para expresarte lo mucho que lo siento, Juan Carlos. Me ha gustado mucho. Un abrazo, Ángeles

Anónimo dijo...

Precioso. Lo mejor que has escrito. Seguro que le ha encantado Se me saltaron las lagrimas.

desdecasa dijo...

Emociona leer un recuerdo tan hermoso de la maravilla de abuela que te tocó . Siento pena por ella, por tu madre ,tu hermano,y por ti. Esos recuerdos de una mujer en apariencia fría, protegiéndose del dolor, volcada en la lectura y la música los entiendo porque también me veo reflejada ( como muchos, supongo).Espero que ese "gato" que de niño se quedaba en una esquina para no molestar, ahora se vuelque en tantos recuerdos hermosos como habrás guardado de aquellos años y que el dolor no "duela" mucho o por demasiado tiempo. Un abrazo