sábado, 15 de mayo de 2010

EL MÉDICO

El doctor Garrido estaba sentado en su despacho disfrutando de su última tarde de profesión cuando recibió la carta. Marisa, su secretaria y confidente durante los últimos veintidós años, pasó sin llamar y se la entregó junto con la última correspondencia que abriría sentado en aquella mesa. Lo hizo con los ojos acuosos de la tristeza contenida.
- ¡Marisa no pongas esa cara hija que me vas a emocionar a mí también!
- Ya, doctor, pero es que he pasado más de media vida en este despacho
- Sí, y te queda otra media vida con mi hijo, nada cambiará.
- Bueno… sólo el tiempo lo dirá. –respondió ella mientras se alejaba hacia la puerta, al llegar se volvió- ¡No sabe como lo voy a echar de menos!
Y derramando una lágrima cerró la puerta del despacho.

El Doctor Garrido cabeceó con gesto divertido, comprendía la tristeza de Marisa, cuando llegó a su despacho no era más que una niña con su título de enfermería recién sacado. Ocupó el lugar que dejaba vacante su tía Eduvigis que había sido la secretaria de su padre durante veintisiete años, él la heredó junto al despacho y la clientela, como ahora haría su hijo Manuel con Marisa.

Don francisco (que así se llamaba el Doctor Garrido) suspiró hondo y se echó hacia atrás en su sillón, allí iba a dejar cincuenta años de vida, a partir de ahora “intentaría hacer las cosas que por su profesión no había podido realizar”, al menos eso le contó a Manuela, su mujer, el día en que reunió a toda la familia y dispuso el traspaso de poderes de su despacho y clientela a su hijo Manuel. La realidad es que le habían diagnosticado un Parkinson y sabía que le quedaba poco tiempo hasta que empezaran a notarse los síntomas de la enfermedad. Prefería dejarlo todo ahora, en plena lucidez y dar la vuelta al mundo en un crucero (viaje de seis meses que llevaba prometiéndole veinticinco años a Manuela).
Se perdió en sus pensamientos y revisó sin querer su vida, no recordaba haber querido ser otra cosa que médico desde que tuvo uso de razón, su padre lo era y su abuelo lo había sido. Pero no era sólo eso, era algo más que le nacía de dentro, la posibilidad de curar a otras personas, la mirada agradecida que había visto en los pacientes de su padre, los abrazos y apretones de mano. Desde niño siempre vio en su padre el héroe al que se quería parecer. Cuando le dijo que quería ser médico, su padre se lo llevó de paseo y le habló como nunca antes lo había hecho.
- ¿Paco, tú sabes lo que significa ser médico?
- Creo que sí, la posibilidad de curar a los demás…
- Bueno, eso también, pero no siempre es así. Ser médico significa entregar una parte de tu vida a los demás, no tener descanso ni horarios y a veces tampoco poder dedicarle tiempo a tu familia. Dejas de tener vida propia y a veces cargas sobre tus hombros la vida de personas a las que no conoces, o que de otra manera te importarían poco. Los pacientes también se mueren y cuando lo hacen te dejan un vacío dentro y la sensación de que has fracasado. Tu vida se va a convertir en una lucha constante contra la muerte y la enfermedad. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
- Sí, lo sé perfectamente.
- Pero tú eres un chico inteligente, brillante más bien, podrías ser abogado o notario… o corredor de comercio que ganan una pasta y trabajan poco. ¿Por qué ibas a decidir no tener vida propia para ayudar a sanar a otros? Sabes que nos traen no sólo sus enfermedades sino también sus problemas y miserias, oirás cosas que preferirías no saber y ¿Cuándo tengas que decirle a alguien que no puedes hacer nada por él? ¿y cuando a pesar de creer que tenías la partida ganada el paciente muere? ¿Serás capaz de soportarlo? O peor aún ¿Qué pasará si llega un día en el que decides que tanto esfuerzo no ha valido la pena?
- ¿Tú lo has sentido así alguna vez?
- Soy humano y como humano he tenido días terribles en los que me han dado ganas de tirarlo todo por la borda y abandonar.
- ¿Y por qué seguiste?
- Porque amo mi profesión más que nada en el mundo y porque en los momentos de debilidad se ha impuesto la responsabilidad y el sentido del deber, por muy doloroso que éste fuera.
- ¿Por qué te preocupas tanto de mí? ¿No crees que yo la tenga? ¿Sabes padre? Yo nunca he querido ser otra cosa que no fuera médico, nunca lo he pensado desde el punto de vista del dinero o la posición social, de hecho, uno de mis sueños desde niño es irme a una misión perdida en una aldea de África o América a atender niños ancianos y nunca he pensado en el dinero.
- Bien me alegra oírlo. Y no, no te preocupes, no dudo de ti, te he soltado el mismo rollo que me soltó tu abuelo el día en que le dije que quería ser médico. –y soltó una carcajada-

“Padre murió hace veinticinco años, pero muchas veces he pensado en esa conversación, la misma que tuve con mi hijo Manuel cuando me dijo que quería estudiar medicina. Pero cuanta verdad había en aquellas palabras. Qué lejos quedan ya los años de la diversión en la universidad, los años en los que era tan importante estudiar como salir de copas. O perseguir a las estudiantes de la facultad de historia, que según las estadísticas que manejábamos (nunca comprobadas científicamente), eran las que tenían las tetas más grandes. -No pudo evitar sonreír al recordarlo- Fueron años gloriosos de descubrimientos y conquistas, después vino el MIR y la especialidad en aparato digestivo, el doctorado y la madurez. Que se vio avalada el día que padre me cedió el despacho pequeño de su consulta. Después vinieron los años del agobio, las discusiones con padre por la necesidad de comprar aparatos nuevos y vanguardistas para mejorar los diagnósticos, los congresos, los pacientes y… Manuela.
Aun recuerdo el día en que Manuela apareció en mi vida de forma casual, llegó a la consulta un viernes acompañando a su padre, viudo, con problemas de gastritis. Cuando la vi aparecer en la consulta me atraganté, perdido en sus ojos no pude explicarle lo que le ocurría a su padre y debió de pensar que era idiota (eso al menos creí yo), aunque ella después me confesó que mi tartamudez le pareció encantadora. A la segunda visita le pedí una cita mientras su padre entraba en rayos x y para mi sorpresa accedió encantada. Nos casamos a los pocos meses y después vinieron los hijos. Dos hijas y un hijo, todos encantadores, buenas personas y buenos profesionales. Sólo uno, Manuel se dedica a la medicina, la mayor estudió historia y se casó con un médico que conoció en la facultad. Nunca he dejado de pensar en nuestra estadística, pero me parece de mal gusto hacer chistes delante de mi yerno. Por último la pequeña, estudió biología y trabaja en Houston para una multinacional de la nutrición. Menos mal que está soltera y viene tres veces al año a pasar unos días, porque es mi ojito derecho, mi princesita.
Cuando pienso en como han ido los últimos cincuenta años me sorprende que haya tenido tiempo de casarme y tener hijos, pero ahí están mi Manuela y mis hijos para demostrarlo. Por supuesto que hemos tenido momentos malos, la muerte de su padre, la de mi madre y posteriormente la de mi padre. Las épocas que por exceso de trabajo nos veíamos poco y ella me demandaba más y claro, también algún que otro desliz cometido con alguna joven congresista en algún viaje y que llegó a oídos de Manuela por arte y gracia de lenguas afiladas y “bienhechoras”. Pero si hago balance creo que me puedo sentir satisfecho de mi vida, de mi matrimonio y de mi profesión a pesar de que ésta me ha traído muchos sinsabores tal y como mi padre me advirtió el día de la conversación…”

Don Francisco salió de su ensoñación sacudiéndose la cabeza y regresando a la realidad. Vio la correspondencia sin abrir que le había dejado Marisa encima de la mesa y decidió hacer un ejercicio de responsabilidad y cumplir con su último deber.
Fue abriendo sobre por sobre, cartas de proveedores de aparatos médicos con ofertas de sus últimos modelos, cartas de laboratorios farmacéuticos con invitaciones a congresos, presentaciones de nuevos fármacos, una carta de un colega invitándolo a la boda de su hija y por último un sobre que hizo que le diera un vuelco el corazón.
Lo miró aprensivo sin decidirse a abrirlo, el remitente José Carlos Dorán Sierra. Lo recordaba perfectamente, el hijo de Ani y Juan Dorán. Una sombra de tristeza le cubrió el semblante. El hecho más doloroso de su carrera tenía que asaltarle justamente el día de su despedida, cuando se iba a cortar la coleta (permítanme el símil torero).
José Carlos era hijo de sus íntimos amigos desde la niñez, salían en pandilla desde muy pequeños y mantuvieron la amistad hasta que ella murió, siendo su paciente, de un cáncer de estómago que no fue capaz de detectar a tiempo. Fue un mazazo y nunca pudo volver a ver a su amigo de la misma forma que antes, pues siempre sintió que lo culpaba. También él se culpaba, pero es difícil de mantener la amistad cuando las palabras que queman se entierran en un silencio lleno de reproches. Ani era una buena amiga, además de pariente, siempre se preguntó si podría haber hecho más. No, en realidad siempre supo que podía hacer más, que podía haberle hecho más caso, que podía haberle hecho las pruebas un mes antes… un año antes… antes, antes, antes. Siempre puede haber un antes, pero se dio cuenta tarde. Pero ya era tarde para pensar en eso, era tarde para los ataques de remordimiento o culpabilidad, dentro de no mucho, el Parkinson acabaría con sus pesares. Un poco de bilis le reflujó del estómago haciéndole torcer el gesto.
Finalmente se decidió a abrir la carta, era su último acto en aquel despacho y aunque le hubiera gustado que fuera diferente, era el que era. La carta decía así:

Querido Paco:
He querido escribirte esta carta porque sé que la muerte de mi madre hace veinticinco años te afectó enormemente. Sé lo amigos que eran y que no hay nada más difícil que aceptar la muerte de un amigo, especialmente cuando como médico se deposita en ti la garantía de su salud.
Hoy en mi madurez y conociendo mucho más acerca del mundo y como funcionan las mentes de las personas, he querido con estas líneas explicarte algunas cosas que seguramente a ti se te escapan a tu comprensión (Bueno, no todo, pero algunas cosas sí).
El médico no es Dios y la vida y la muerte no están en sus manos, aunque a veces lo parezca. Sé que esto suena a perogrullada pues después de tantos años de profesión lo sabes mejor que nadie, pero siempre es bueno que alguien te lo recuerde, sobre todo cuando la vida o la muerte es la de un amigo.
Tú no hubieses podido salvar a mi madre hicieses lo que hicieses, por una sencilla razón que tú no podías saber: mi madre empezó a morirse diez años antes, el día de la muerte de mi hermano. Mi madre aquel día decidió morirse, se tragó las lágrimas y se asfixió con ellas.
Por supuesto que esas decisiones no se toman contándoselas a nadie, son decisiones inconscientes, provocadas por una herida mortal que ningún médico puede sanar, pues esa herida sangra en el alma y tarda mucho tiempo en transmitirse al cuerpo. Para ella la muerte fue una liberación, pues sólo así pudo descansar en paz y abandonar un mundo en el que cada día fue a partir de aquel momento una tortura que le resultó insoportable.
Sólo quería decírtelo y dejar mi testimonio del aprecio que te tengo, para que nunca te culpes de algo que no podías evitar.
Piensa en cuantos de tus pacientes a los que quisiste ayudar, no pudiste, porque no estaba en tus manos hacerlo. Sólo Dios puede curar las profundas heridas del alma, las que sangran y desangran la propia vida.
Un abrazo,
José Carlos Dorán Sierra

Don Francisco terminó la carta con un nudo en la garganta, los ojos se le llenaron de lágrimas y lloró durante unos minutos en silencio, viendo las sombras de todos aquellos que le pesaban dentro. Sus pacientes, sus amigos, sintió como todos se iban acercando y sus sombras se agolpaban frente a él, ninguno lo acusaba. Por primera vez descargó de su conciencia aquello que no le correspondía. “El médico no es dios y no somos los dueños de la vida y la muerte de nuestros pacientes.” Se limpió el resto de las lágrimas con la manga de la chaqueta, se levantó y fue hacia la puerta, al pasar junto a la vitrina la abrió y sacó una caja antigua de madera, la abrió por última vez, era el estetoscopio de su abuelo, el mismo que le había regalado su padre el día que heredó la consulta, hoy tocaba el relevo y se lo daría a su hijo. Suspiró profundamente, “la vida sigue”, pensó al abrir la puerta.

Fin

1 comentario:

Gabryel Leal shane_amsterdam@hotmail.com dijo...

hola amigo, me paso, te espero en mi blog.